Familia, humo de encina y tiempo
Somos Alfredo y Lola. Y esto es lo que hacemos cuando nadie nos ve.


Cada mañana, cuando abrimos la puerta de la fábrica, el olor nos lo recuerda todo. La madera de encina, el embutido colgado, el silencio del pueblo. Es el mismo olor que conocimos de niños, cuando ayudábamos a nuestros padres y abuelos sin saber que, en realidad, estábamos aprendiendo un oficio para toda la vida.
Aquí, en La Matilla, pequeño pueblo de 30 habitantes de la Provincia de Segovia, no fabricamos embutidos. Los criamos. Como se crían las cosas importantes: con tiempo, con cuidado y con respeto.
Esta fábrica nació a mediados de los años 50, cuando el padre de Alfredo, Pedro de Pedro y su hermano, Domingo de Pedro, decidieron quedarse en el pueblo y vivir de lo que mejor sabían hacer. Desde entonces, todo ha girado alrededor de la matanza, de las recetas guardadas en la memoria y de unas manos que aprendieron antes a atar chorizos que a escribir su nombre.
Hoy somos nosotros quienes seguimos aquí. No por nostalgia, sino por convicción.
El tiempo es nuestro mejor ingrediente

Vivimos en un lugar especial. Entre Sepúlveda y Pedraza, a más de 1.100 metros de altitud, con inviernos fríos y aire seco. Un clima que no se puede fabricar y que hace que la curación sea natural, lenta y honesta. Aquí no se corre. Aquí se espera.
Seleccionamos la materia prima como si fuera para nuestra propia casa. Porque lo es. Después llega el trabajo silencioso: embutir a mano, colgar, vigilar, tocar, oler, esperar otra vez. Controlamos la temperatura y la humedad, pero nunca forzamos el proceso. Cada pieza decide cuándo está lista.
El ahumado lo hacemos como siempre, con encina. No por tradición vacía, sino porque el resultado se nota: en el aroma, en el sabor profundo, en ese recuerdo a pueblo que aparece en cuanto cortas una loncha.
No buscamos hacer más. Buscamos hacerlo mejor.
En 1991 modernizamos la fábrica para adaptarnos a los tiempos, pero tuvimos claro algo desde el principio: la tecnología solo entra si suma, nunca si resta. Mejorar, sí. Perder el alma, nunca.
Seguimos trabajando como lo hacían nuestros padres y abuelos porque sabemos que ahí está la diferencia. En no acelerar. En no maquillar. En no prometer lo que no somos.
Queremos que lo pruebes y lo entiendas
Nuestros embutidos artesanos no necesitan explicaciones largas. Necesitan un cuchillo, pan y un poco de silencio. El resto lo hace el sabor: el de las cosas bien hechas, el de lo auténtico, el de un pueblo pequeño donde todavía se trabaja con orgullo.
Cuando pruebas un embutido de La Matillana, pruebas nuestra historia, nuestro entorno y nuestra forma de vivir.
Y si cierras los ojos, quizá entiendas por qué seguimos aquí después de tantos años.
Porque hay sabores que no se olvidan.
Y porque algunos merecen ser compartidos.